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Cuando acababa la vendimia, empezaba la fiesta
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Publicado el 3 de octubre de 2026 · 4 min de lectura

Cuando acababa la vendimia, empezaba la fiesta

En Valdevimbre, el último carro de uva no cerraba la jornada: la abría. Cómo se celebraba, durante generaciones, el final de la vendimia en las bodegas de esta tierra.

El último carro no era un carro cualquiera.

Cuando entraba en el pueblo, alguien ya lo sabía antes de verlo — por las campanas, por los perros, por el grupo de niños que corría delante avisando. Ese carro cerraba la vendimia. Y en Valdevimbre, durante generaciones, cerrar la vendimia no era el final de nada. Era la señal de que podía empezar la fiesta.

El día en que se paraba de trabajar

La vendimia, ya lo hemos contado, era un trabajo largo y duro — semanas de espalda doblada, manos manchadas, madrugones antes de que apretara el sol. Pero tenía un final marcado, y ese final se celebraba con la misma intensidad con la que se había trabajado.

No había una fecha fija en el calendario. La fiesta llegaba cuando llegaba la última cepa, y eso podía variar de una finca a otra, de un año a otro, según el tiempo y la cosecha. Lo que sí era fijo era el gesto: en cuanto se vaciaba el último cesto en el carro, alguien lo anunciaba a gritos, y el trabajo, de golpe, se convertía en otra cosa.

Las familias que habían pasado semanas cortando uva codo con codo se juntaban esa misma noche — a veces varias fincas a la vez, a veces bodega por bodega — para comer, beber el mosto recién hecho y descansar, por fin, del cuerpo entero.

Pisar la uva, ya sin prisa

Para cuando llegaba este momento, buena parte de la uva ya se había prensado con lagares de viga o, más tarde, con prensas mecánicas — el trabajo serio, el que llenaba las cubas. Pero quedaba, casi siempre, algo de uva para pisar a mano, y ese pisado final tenía poco de trabajo y mucho de fiesta.

Descalzos, con los pies y los pantalones manchados hasta la rodilla, jóvenes y no tan jóvenes se turnaban dentro de la tina mientras el resto miraba, cantaba o se reía de quien resbalaba. No era la forma más eficiente de prensar uva — para entonces ya no lo era, ni falta que hacía. Era la forma de cerrar la temporada con las manos, o mejor dicho, con los pies, metidos en lo mismo que llevaba semanas manchándolos.

Bajar a la cueva, ya sin trabajo por delante

Cuando caía la noche, la fiesta bajaba con la uva. Las bodegas subterráneas de Valdevimbre no solo guardaban el vino: guardaban también, esa noche del año, a todo el pueblo.

Se bajaba con velas, con las últimas cestas, y con lo que cada casa había guardado para la ocasión — chorizo, pan recién hecho, algún queso curado, y el mosto del año, todavía dulce, todavía sin ser vino del todo. Se comía sentados en los mismos poyos de arcilla donde durante el resto del año descansaban las botellas. Se cantaba — coplas de vendimia, algunas improvisadas esa misma noche sobre quién había cortado más o quién se había quedado dormido entre las cepas. Y se bebía el primer mosto del año, todavía en plena fermentación, con ese punto entre uva y vino que solo dura unos días y que en Valdevimbre casi nadie deja pasar sin probar.

La temperatura fresca de la cueva, la misma que meses después conservaría botellas cubiertas de un polvo que en esta tierra se lee como el paso del tiempo, esa noche solo hacía una cosa: mantener fría la fiesta mientras fuera de la cueva septiembre todavía apretaba.

Una fiesta que se ha hecho más pequeña, pero no ha desaparecido

Hoy la vendimia ya no depende de que un pueblo entero se vuelque durante semanas, y por eso la fiesta que la cerraba también se ha hecho más pequeña — más familiar, menos colectiva de lo que fue.

Pero en las bodegas que siguen vendimiando su propia tierra a la manera de siempre, el gesto sobrevive, aunque sea a menor escala: cuando entra el último cesto de la temporada, todavía hay quien lo anuncia, todavía se abre una botella del año anterior para comparar con el mosto recién hecho, y todavía, alguna vez, alguien se descalza.

Si nos visitas en plena vendimia y tienes suerte con las fechas, puede que llegues justo el día en que el trabajo se convierte en fiesta. No hace falta que sepas cuándo será. En Valdevimbre nunca lo supimos tampoco — se sabía cuando pasaba.

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